Seguimos recorriendo las estancias de este tétrico hospital, salido de película de terror. Son salas llenas de material médico antiguo y obsoleto hoy en día. Todo quedó así, en su lugar, mientras los años pasan y todo se vuelve más decadente.
Nos colamos en la sala de partos. Imagínate a esas mujeres que se subieron a esa plancha y apoyaron sus piernas en esos brazos metálicos, que horror. Esta sala aun era algo luminosa, la de al lado no. Las enredaderas treparon por la fachada del edificio bloqueando las persianas y las habitaciones quedaron a oscuras desde que cerró, en los años noventa. Por eso que a luz de linterna era todo aún más tétrico. Había maquinas tan antiguas que no sabíamos ni para que servían, pero allí estaban.
Por último, por donde salimos, literalmente por la ventana de uno de los despachos más decadentes que he visto. En realidad ya no le quedaba ni el marco de la ventana y las zarzas penetraban hacia el interior mezclándose con el mobiliario y los cientos de documentos que quedaron ahí almacenados, documentación de pacientes de los años setenta, radiografías y libros de medicina antigua. Detrás de un escritorio se encontraba la caja fuerte, muy elegante y por su puesto, cerrada.
Este lugar es un superviviente del siglo XXI que bien podría reconvertirse en un museo. Un centro de salud del siglo pasado, de un remoto pueblo de Portugal de cuyo nombre no quiero acordarme.

















